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13 Mayo, 2010

Siempre por la tarde

Durante varios años se sentó sola en la misma banca del mismo parque.

Llegaba cuando el calor del sol no tenía ya la fuerza de broncear su blanca piel y se iba cuando la noche ya se había posado sobre ella.

Se sentaba lejos de la fuente, cerca de una avenida transitada donde todo el tiempo pasaba gente tras gente.

Veía las caras el tiempo justo para reconocerles y luego bajaba la mirada para no incomodarles, pues ella misma odiaba cuando la gente le incomodaba con la mirada.

No era que les conociera a todos, sólo que estaba buscando a alguien, o más bien esperando a alguien, a su alma gemela.

Desde que era niña supo que lo encontraría, varias veces los muchachos le pidieron una cita, pero ella siempre negaba con la cabeza y decía que la disculparan, pero que esperaba al amor de su vida. Despues de todo, ¿Que pasaría si él llegaba y la encontrase con otro?

Ella simplemente no quería arriesgarse a ese malentendido.

Espero por mas de veinticinco años, en las mañanas tenía un empleo en una biblioteca, eso estaba bien. No tenía que lidiar con todas las personas que sólo iban consultar los libros por compromiso. Los estudiantes que enviaban a hacer tarea, tomaban un libro, copeaban algunas palabras en una libreta y salían corriendo.

Pero el amor de su vida no era así, él amaba la literatura tanto como ella. Él sería un fanático de Pablo Neruda, Jorge Cuesta  y quizá con un poco de suerte también de Béqcer.

Lo esperaba en el mismo sitio porque si se movía él tardaría más en encontrarla, además durante el atardecer en el que por fin apareciera, las nubes cubrirían al sol, dándoles una ocaso fresco, ella no llevaría chaqueta, así que él le entregaría la suya, la pondría sobre sus hombros, la tomaría tímidamente de la mano y juntos partirían a ser una vida feliz juntos.

Todo esto nunca se lo contó a nadie, pues no creyó que los demás pudieran entenderlo, lo guardo en su corazón sólo para él.

No siempre fue paciente, hubo muchos días en que la llegada de su amado parecía muy distante y las lágrimas salían, pero ella siempre fue fuerte, se imaginaba todas las cosas  que harían juntos, los paseos, los cafés, las tertulias y las risas. Entonces recobraba la compostura y volvía a sonreír con un suspiro.

Un día, justo cuando las nubes tapaban al sol y  destellos  púrpuras cruzaban el cielo, él apareció.

Era justo como lo había imaginado, caminaba resueltamente como quien no tiene nada que perder, con una sonrisa en los labios y la brisa alborotando su cabello.

Un escalofrío corrió por sus hombros descubiertos, pero no se debía a la fresca brisa que anunciaba la noche, sino al hecho de que por fin el había parecido.

Lo vio acercarse cada vez más, se dispuso a levantarse para ponerse frente a él, pero se dio cuanta de que la emoción le había paralizado.

Ahora que el estaba ahí no sabía que es lo que iba a decirle, su boca se abrió pero no salió ningún sonido, solo aliento mudo y nada más.

Él pasó frente a ella mirándole fijamente, pareció reconocerle, se detuvo un instante frente a ella, su boca se abrió pero tampoco emitió ningún sonido.

Apretó los labios y siguió su camino, ella le vio marcharse. Avanzar más y más hacía sitios desconocidos de donde tal vez no volvería. Le ordenó a sus piernas que corrieran detrás de él pero no le hicieron caso. Cuando volvió a mirar él ya se había perdido en la distancia.

Se cubrió la cara con las manos. Ya había anochecido y la calle se había quedado sola, solo las estrellas le vieron llorar amargamente aquel momento en el que el amor de su vida pasó frente a ella y no pudo decirle cuanto le había esperado.

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