Fotografía (Primera parte)
Hace varios años que subo todos los días a mi azotea a tomar fotos del atardecer.
Siempre fue mi momento favorito del día, el lugar exacto donde los rayos del sol se mezclan con la brisa vespertina y se convierten en una tibia caricia en la piel y los colores violetas y rojizos llena la mirada con sus destellos.
Nunca en seis años, desde que mi abuelo me regaló una cámara en mi décimo cumpleaños, falté para retratar el ocaso. Nunca en seis años de retratar el ocaso dejó de sorprenderme.
Fue justo en mi cumpleaños dieciseis cuando algo inesperado pasó, había tomado ya varias fotos y ahora me disponía a sentarme en la orilla del techo a simplemente disfrutar los últimos instantes del sol que se ocultaba. Me acomodé dejando que mis pies colgaran y fue entonces cuando volteé a abajo, a aquella calle que siempre estaba bajo mis pies y nunca había puesto atención, aquella calle que ahora idolatraba sólo por ser el medio que me permitía verla a ella.
Caminaba de una manera resuelta y ligera por la banqueta, la larga cortina de cabello negro ocultaba sus orejas, pero se difuminaba en el punto exacto donde comenzaba el filo de aquella barbilla, la cual se extendía y subía en una graciosa curva hasta sus labios delgados. Más arriba unos ojos grandes y redondos decoraban su rostro de piel morena, más bien bronceada, bronceada y perfecta como toda ella.
-Samanta- alguien la llamo desde unos metros atrás.
-Ah allí estas- Respondió ella, volvió sobre sus pasos y se perdió dando la vuelta en la esquina.
Por un momento no estuve seguro de que hacer, tal vez debía alcanzarle, sí eso es. Debía hablar con ella.
Bajé corriendo las escaleras y crucé la casa ante la mirada extrañada de mi familia que se preparaba para la celebración de mi cumpleaños.
Salí y corrí lo mas rápido que pude a la esquina en la que ella había desaparecido; pero desde luego no estaba. Lo único que encontré era una calle vacía que me decía que debí decidirme más pronto.
Al menos sabía su nombre, pero me reprochaba mil veces no haber bajado la mirada antes, cuántas veces pudo haber pasado por mi calle y yo sin saber que existía.
Camine lentamente a casa, ahora mi cabeza estaba a donde sea que Samanta estuviera.
Entré a la casa y me cambié para recibir a los invitados de mi fiesta, unos amigos de la escuela y un matrimonio amigos de mis padres que vivían cerca de la casa.
A la media noche todos se había retirado, sólo quedaban la pareja amigos de mis padres, yo estaba sentado en el sofá frente a la ventana, cuando se acercó la hija del matrimonio y se sentó junto a mí.
-Tú eres el de las fotos ¿No?-
-¿Fotos? ¿A que te refieres? me llamo Alejandro- Su pregunta me había tomado por sorpresa.
-Sí, el que le toma fotos a las nubes, te he visto esta tarde, yo soy Sofía- Yo sólo asentí con la cabeza, en ese momento la idea vino a mi mente, esa voz me parecía conocida ¡Era aquella que había gritado Samanta!. ¡Sí! No podía estar equivocado, seguramente era ella, ahora que lo pensaba incluso había un cierto aire familiar en ella. Quizá eran hermanas.
El corazón me dio un vuelco al pensar que estaba tan cerca, ahora sólo tenía que preguntarle.
-Eh oye la chica con la que estabas en la tarde ¿Es tú hermana?- Me lanzo una mirada extraña, mis mejillas se pintaron de tonos rosas y no pude evitar bajar la mirada.
-Así que te gustó mi prima ¿eh?- Soltó mientras me daba un codazo en un costado.
-Sí, algo así- Dije, pero no pude evitar sonrojarme aún más.
-Lo lamento “Romeo” pero ella no es de por aquí y sólo viene de visita. Se fue justo esta tarde-
-Pero no pongas esa cara ¿Qué te parece si te doy su correo y la contactas?
-¡Sí!- Grité más de la cuenta y los que quedaban en la sala voltearon a verme. Sofía se echo a reír y me sonroje una vez más, creo que había roto un record.
-¿Tienes en donde anotar?-
-Sí tengo- Dije con la firme convicción de que una experiencia que me marcaría para siempre estaba a punto de comenzar.
Los zombies
Un fuerte ruido saco a todos del extraño sopor que los mantenía quietos.
Aun así nadie pareció haber despertado, más bien se limitaron a moverse de un cuarto a otro, arrastrando los pies y con la cabeza baja.
Cuando llegamos al siguiente cuarto todo era exactamente igual que en el primero, una luz fría parpadeante bañaba el lugar casi destruido, había sillas con la pintura caída, todo parecía indicar que en algún momento fueron de color gris, luego verde y finalmente gris otra vez.
Desde las ventanas que daban a la calle podía verse el sol brillar con fuerza, el ángulo en el que estaba me llevó a pensar que eran cerca de las diez de la mañana, aunque era difícil precisarlo ya que en ese lugar el tiempo discurría más lentamente que en ningún otro lado.
Después de unos minutos las treinta personas que me rodeaban parecieron volver a ser dueños de sí y a mirarse unos a otros, tal vez se preguntaban que hacían ahí. En ese momento la puerta metálica se abrió de golpe, todos voltearon horrorizados y miraron fijamente a la criatura que se colaba por la abertura de la puerta.
Era sumamente extraña, por una parte no parecía diferente de los adultos normales, pero por otro era tan diferente.
Podía sentirse el miedo que la sobrecogía al entrar, pero no era un miedo de los que hacen que uno quiera irse, sino uno de eso miedos que hacen querer dañar al otro antes de que él lo haga.
Camino tambaleándose hasta un escritorio situado justo en el centro del recinto, se acomodó y empezó a sacar cosas de un maletín viejo, a continuación salieron de su boca palabras incomprensibles e inmediatamente todos comenzaron a caer en aquel sopor del que acababan de salir.
Al cabo de unas horas (no me pregunten cuantas) por fin aquel ser pareció caer en el mismo hechizo que dominaba a los demás, su voz se hizo más pausada pronto las palabras ya no salieron más. Aunque todos habían estado tanto tiempo bajo aquel hechizo.
Derrepente aquel espantoso sonido volvió a hacer eco entre los pasillos del edificio, tomé mi mochila y me encaminé hacía la puerta con la cabeza baja, pensando en que mañana tendría que volver a tomar clases en esta horrible secundaria.

