Siempre por la tarde
Durante varios años se sentó sola en la misma banca del mismo parque.
Llegaba cuando el calor del sol no tenía ya la fuerza de broncear su blanca piel y se iba cuando la noche ya se había posado sobre ella.
Se sentaba lejos de la fuente, cerca de una avenida transitada donde todo el tiempo pasaba gente tras gente.
Veía las caras el tiempo justo para reconocerles y luego bajaba la mirada para no incomodarles, pues ella misma odiaba cuando la gente le incomodaba con la mirada.
No era que les conociera a todos, sólo que estaba buscando a alguien, o más bien esperando a alguien, a su alma gemela.
Desde que era niña supo que lo encontraría, varias veces los muchachos le pidieron una cita, pero ella siempre negaba con la cabeza y decía que la disculparan, pero que esperaba al amor de su vida. Despues de todo, ¿Que pasaría si él llegaba y la encontrase con otro?
Ella simplemente no quería arriesgarse a ese malentendido.
Espero por mas de veinticinco años, en las mañanas tenía un empleo en una biblioteca, eso estaba bien. No tenía que lidiar con todas las personas que sólo iban consultar los libros por compromiso. Los estudiantes que enviaban a hacer tarea, tomaban un libro, copeaban algunas palabras en una libreta y salían corriendo.
Pero el amor de su vida no era así, él amaba la literatura tanto como ella. Él sería un fanático de Pablo Neruda, Jorge Cuesta y quizá con un poco de suerte también de Béqcer.
Lo esperaba en el mismo sitio porque si se movía él tardaría más en encontrarla, además durante el atardecer en el que por fin apareciera, las nubes cubrirían al sol, dándoles una ocaso fresco, ella no llevaría chaqueta, así que él le entregaría la suya, la pondría sobre sus hombros, la tomaría tímidamente de la mano y juntos partirían a ser una vida feliz juntos.
Todo esto nunca se lo contó a nadie, pues no creyó que los demás pudieran entenderlo, lo guardo en su corazón sólo para él.
No siempre fue paciente, hubo muchos días en que la llegada de su amado parecía muy distante y las lágrimas salían, pero ella siempre fue fuerte, se imaginaba todas las cosas que harían juntos, los paseos, los cafés, las tertulias y las risas. Entonces recobraba la compostura y volvía a sonreír con un suspiro.
Un día, justo cuando las nubes tapaban al sol y destellos púrpuras cruzaban el cielo, él apareció.
Era justo como lo había imaginado, caminaba resueltamente como quien no tiene nada que perder, con una sonrisa en los labios y la brisa alborotando su cabello.
Un escalofrío corrió por sus hombros descubiertos, pero no se debía a la fresca brisa que anunciaba la noche, sino al hecho de que por fin el había parecido.
Lo vio acercarse cada vez más, se dispuso a levantarse para ponerse frente a él, pero se dio cuanta de que la emoción le había paralizado.
Ahora que el estaba ahí no sabía que es lo que iba a decirle, su boca se abrió pero no salió ningún sonido, solo aliento mudo y nada más.
Él pasó frente a ella mirándole fijamente, pareció reconocerle, se detuvo un instante frente a ella, su boca se abrió pero tampoco emitió ningún sonido.
Apretó los labios y siguió su camino, ella le vio marcharse. Avanzar más y más hacía sitios desconocidos de donde tal vez no volvería. Le ordenó a sus piernas que corrieran detrás de él pero no le hicieron caso. Cuando volvió a mirar él ya se había perdido en la distancia.
Se cubrió la cara con las manos. Ya había anochecido y la calle se había quedado sola, solo las estrellas le vieron llorar amargamente aquel momento en el que el amor de su vida pasó frente a ella y no pudo decirle cuanto le había esperado.
Fotografía (Primera parte)
Hace varios años que subo todos los días a mi azotea a tomar fotos del atardecer.
Siempre fue mi momento favorito del día, el lugar exacto donde los rayos del sol se mezclan con la brisa vespertina y se convierten en una tibia caricia en la piel y los colores violetas y rojizos llena la mirada con sus destellos.
Nunca en seis años, desde que mi abuelo me regaló una cámara en mi décimo cumpleaños, falté para retratar el ocaso. Nunca en seis años de retratar el ocaso dejó de sorprenderme.
Fue justo en mi cumpleaños dieciseis cuando algo inesperado pasó, había tomado ya varias fotos y ahora me disponía a sentarme en la orilla del techo a simplemente disfrutar los últimos instantes del sol que se ocultaba. Me acomodé dejando que mis pies colgaran y fue entonces cuando volteé a abajo, a aquella calle que siempre estaba bajo mis pies y nunca había puesto atención, aquella calle que ahora idolatraba sólo por ser el medio que me permitía verla a ella.
Caminaba de una manera resuelta y ligera por la banqueta, la larga cortina de cabello negro ocultaba sus orejas, pero se difuminaba en el punto exacto donde comenzaba el filo de aquella barbilla, la cual se extendía y subía en una graciosa curva hasta sus labios delgados. Más arriba unos ojos grandes y redondos decoraban su rostro de piel morena, más bien bronceada, bronceada y perfecta como toda ella.
-Samanta- alguien la llamo desde unos metros atrás.
-Ah allí estas- Respondió ella, volvió sobre sus pasos y se perdió dando la vuelta en la esquina.
Por un momento no estuve seguro de que hacer, tal vez debía alcanzarle, sí eso es. Debía hablar con ella.
Bajé corriendo las escaleras y crucé la casa ante la mirada extrañada de mi familia que se preparaba para la celebración de mi cumpleaños.
Salí y corrí lo mas rápido que pude a la esquina en la que ella había desaparecido; pero desde luego no estaba. Lo único que encontré era una calle vacía que me decía que debí decidirme más pronto.
Al menos sabía su nombre, pero me reprochaba mil veces no haber bajado la mirada antes, cuántas veces pudo haber pasado por mi calle y yo sin saber que existía.
Camine lentamente a casa, ahora mi cabeza estaba a donde sea que Samanta estuviera.
Entré a la casa y me cambié para recibir a los invitados de mi fiesta, unos amigos de la escuela y un matrimonio amigos de mis padres que vivían cerca de la casa.
A la media noche todos se había retirado, sólo quedaban la pareja amigos de mis padres, yo estaba sentado en el sofá frente a la ventana, cuando se acercó la hija del matrimonio y se sentó junto a mí.
-Tú eres el de las fotos ¿No?-
-¿Fotos? ¿A que te refieres? me llamo Alejandro- Su pregunta me había tomado por sorpresa.
-Sí, el que le toma fotos a las nubes, te he visto esta tarde, yo soy Sofía- Yo sólo asentí con la cabeza, en ese momento la idea vino a mi mente, esa voz me parecía conocida ¡Era aquella que había gritado Samanta!. ¡Sí! No podía estar equivocado, seguramente era ella, ahora que lo pensaba incluso había un cierto aire familiar en ella. Quizá eran hermanas.
El corazón me dio un vuelco al pensar que estaba tan cerca, ahora sólo tenía que preguntarle.
-Eh oye la chica con la que estabas en la tarde ¿Es tú hermana?- Me lanzo una mirada extraña, mis mejillas se pintaron de tonos rosas y no pude evitar bajar la mirada.
-Así que te gustó mi prima ¿eh?- Soltó mientras me daba un codazo en un costado.
-Sí, algo así- Dije, pero no pude evitar sonrojarme aún más.
-Lo lamento “Romeo” pero ella no es de por aquí y sólo viene de visita. Se fue justo esta tarde-
-Pero no pongas esa cara ¿Qué te parece si te doy su correo y la contactas?
-¡Sí!- Grité más de la cuenta y los que quedaban en la sala voltearon a verme. Sofía se echo a reír y me sonroje una vez más, creo que había roto un record.
-¿Tienes en donde anotar?-
-Sí tengo- Dije con la firme convicción de que una experiencia que me marcaría para siempre estaba a punto de comenzar.

